Encabezado Boletin
ISSN 2525-040X   

Número 24, Abril de 2018

"Producción Pública de Medicamentos en la Argentina: Propósitos, posibilidades y desafíos"

Mónica Muller: Sana sana: la industria de la enfermedad, Sudamericana, 2014

https://www.casadellibro.com/ebook-sana-sana-ebook/9789500748254/2335508 

Descriptores: <Argentina> <Estados Unidos> <Industria farmacéutica> <Empresas transnacionales> <Mercado> <Ética> <Enfermedades> <Enfermos> <Productos farmacéuticos> <Medicamentos> <Antibióticos> <Riesgos para la salud> <Política de salud> <Salud pública> <Control de precios> <Control de calidad> <Rentabilidad> <Responsabilidad> <Responsabilidad social> <Responsabilidad de los Estados> <Poder de la comunidad>

Con el propósito de ser útil a pacientes, médicos y autoridades, en el libro se analiza un conjunto de fenómenos tales como la automedicación, la iatrogenia, el abuso de medicamentos, la publicidad engañosa, la venta libre de drogas peligrosas, así como la medicalización de los procesos normales en cada etapa de la vida. Se procura explicar por qué los medicamentos nos pueden matar, alertar acerca de las amenazas del negocio de la industria farmacéutica, y responsabilizar al Estado por la ausencia de un control estricto frente a los abusos en los que incurre la industria.

Los argentinos somos el objeto deseado de un negocio fenomenal: la industria farmacéutica. Los laboratorios se escudan detrás de prospectos escritos con un vocabulario que sólo entienden los expertos, que hay que leer con lupa, y de la leyenda "consulte a su médico".

Con la publicidad como aliada, nos empujan a ocultar los síntomas de una simple gripe, a silenciar nuestros cuerpos para poder ir a trabajar y cumplir así, con lo que la autora denomina el Gran Mandato: producir y consumir. Pero, ¿qué producen los medicamentos en nuestros cuerpos?

Se señala, por ejemplo, que una aspirina altera la coagulación sanguínea durante siete días, mientras que dos aspirinas multiplican el riesgo de provocar una hemorragia de consecuencias fatales. Los antigripales pueden desencadenar gastritis, úlceras o una grave hemorragia digestiva. Una persona tratada con ciertos antidepresivos o drogas para el Parkinson puede tener una crisis de hipertensión grave por tomar un antigripal de venta libre.

En los EE.UU., donde se llevan este tipo de estadísticas, los efectos adversos de los medicamentos son causa de dos millones de cuadros serios y más de 100.000 muertes de pacientes internados por año. Se sabe que mueren más personas por la ingesta de medicamentos que por enfermedades pulmonares, HIV, e incluso accidentes automovilísticos. Es la cuarta causa de muerte. Es un tema gravísimo. La Organización Mundial de la Salud alertó que el abuso de antibióticos está provocando que muchas infecciones sean intratables.

Señala que, en la Argentina, se creó la cultura de la pastilla; ya nadie pregunta “qué hago”, sino “qué tomo”, El preocupante negocio de los laboratorios y sus profesionales especializados consiste en inventar enfermedades con el objeto de ampliar el mercado hasta que todos seamos enfermos.

De todos los casos de intoxicación aguda que se atienden en los hospitales públicos de la Argentina, la segunda causa después del alcohol son los medicamentos.

La autora convoca a "desaprender lo aprendido" durante la infancia para escapar del "Gran Mandato", ese que lleva a "aparentar salud" o a "reprimir los síntomas" al costo de producir y consumir; e invita a retomar la confianza de que el poder de curarse reside, muchas veces, en las buenas prácticas y la vida sana, sin remedios de por medio.

La sinergia entre la exigencia del paciente, el cansancio del médico y la presión del laboratorio termina por hacer de cualquier persona sana un enfermo y de cualquier enfermo, un “enfermo grave".

El paciente sólo hace lo que puede y lo que le enseñan que haga. En primer factor es la publicidad de medicamentos tiene un efecto tremendo sobre la gente. Lleva a que si alguien está cansado, automáticamente piense en una aspirina. El segundo factor es la venta libre, que transforma a los medicamentos en un producto de consumo, que se asimila a un cosmético o a una golosina. Como consecuencia, sería un milagro que la gente no consumiera por su cuenta...

Se ha llegado a un punto de descontrol tan enorme que no puede detenerse. Es un problema mundial descontrolado, como si no hubiera conciencia de eso.

Hace tiempo que la OMS está advirtiendo y que los médicos lo están notando en los hospitales: se están creando bacterias resistentes a todo y casi estamos en la situación de la era pre-antibiótica. Una infección banal en una rodilla puede transformarse en algo imparable... “Los antibióticos son geniales, pero mal usados son terribles", dijo Fleming en su discurso de aceptación del Premio Nobel al descubrir los primeros antibióticos, y, a los pocos meses, muchas bacterias eran resistentes. Eso se acelera hoy cada vez más, porque las bacterias están programadas para mutar. Cuando la persona toma un antibiótico indebido o por el tiempo incorrecto, se convierte en un laboratorio en el que se producen gérmenes resistentes a todo. Hoy hay dos gérmenes de ese tipo, pero por suerte están aislados. Si se diseminaran, se acabaría la humanidad.

La retórica de la industria conduce también a un aumento de la población hipocondríaca. Internet ha tenido una notoria incidencia en ello. Si bien es bueno que el paciente averigüe y consulte, lo que reduce ese misterio y paternalismo del médico que lo sabe todo, también es cierto que la auto-consulta virtual alimenta la paranoia.

En relación a los psicofármacos, su uso se ha extendido a cifras impensadas en la Argentina y en el mundo. La gente hasta se aconseja y convida para no estar triste, enfrentar entrevistas laborales o rendir con éxito un examen. Hay 100 millones de personas tomando ansiolíticos en el mundo y el 10% de la población de EE.UU. lo hace sólo con antidepresivos.

Los problemas graves de salud derivan de la pobreza y de la ignorancia. Si uno pudiera terminar con ambas, la mortalidad general de las poblaciones disminuiría notablemente.

Todavía son insuficientes las medidas estructurales que significan verdadera prevención, como provisión de agua corriente, redes cloacales, viviendas salubres, y sobre todo instrucción. Y que es responsabilidad estatal controlar y regular la actividad de la industria farmacéutica. Este concepto, basado en la idea de Estado como conjunto de instituciones que poseen autoridad para dictar normas para la sociedad.

En la farmacia, una persona engripada compra dos antibióticos, un analgésico y un antihistamínico de venta libre. En un consultorio, un médico atiende decenas de pacientes a las corridas para que su trabajo le rinda. En la guardia de un hospital, otro paciente queda insatisfecho porque el médico no le indicó que tomara nada de lo que él leyó al googlear sus síntomas. En un congreso médico auspiciado por un laboratorio, los médicos participantes que receten equis producto participan por un viaje todo pago a Cancún. En una agencia de publicidad se desarrolla la nueva campaña del jarabe que promocionará el conductor más famoso de la televisión. En un confín de provincia sin cloacas ni agua corriente brotan de un día al otro enfermedades decimonónicas como la tuberculosis o el cólera.

De un extremo a otro, vivimos en una sociedad medicalizada; un mundo en el que ser sano es una rareza.

La autora propone “caminos de regreso al sentido común que la Medicina ha extraviado hace décadas”. Ese extravío es multifactorial: una enredada madeja de prepagas y obras sociales, que aseguran “más salud” a quien pueda pagar más, médicos trabajando en condiciones de explotación, nuevas enfermedades “diagnosticadas” por laboratorios que buscan optimizar el mercado para sus productos.

Llegados a los cincuenta años, todo el mundo toma medicamentos, cuatro en promedio. La industria médica nos repite –a través de médicos, campañas, publicidad– que no es necesario tener síntomas para estar enfermos y nos persuade amablemente de que todos somos pacientes. Y si no lo somos es porque todavía no nos hemos enterado.

Los antibióticos, como los corticoides o los remedios para la diabetes, son medicamentos maravillosos, pero están mal usados, en un mercado totalmente desregulado donde los venden “como se les canta” y la gente los toma “como se le ocurre”.

Muchas enfermedades, como el colesterol alto, pueden prevenirse sin necesidad de recurrir a la industria farmacéutica, que trabaja en realidad para el mayor mercado: quienes temen o desean estar enfermos.

Si un nene sano tiene fiebre, por ejemplo, ¿por qué se lo impiden? La fiebre desencadena una cascada inmunitaria maravillosa, que mata las bacterias y lo protege para el futuro. Es necesario aprender a enfermarse de nuevo, eso es aprender a curarse también. Si uno tiene diarrea, hay que defecar, no hay otra, dado que ello implica la salida de los tóxicos y las bacterias.

Hay ciertas medidas importantes que deberían plantearse desde el Estado, tales como prohibir absolutamente la publicidad de medicamentos, o cambiar la relación con las prepagas para que no exploten a los médicos. Pero mientras que el sistema de salud sea manejado por la lógica de mercado, es imposible arreglar el descalabro en todo el mundo: la industria farmacéutica es la más grande después del tráfico de armas.

Reseñó e Indizado por JLT

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Nota del Editor: El editor no se responsabiliza por los conceptos u opiniones vertidos en las entrevistas, artículos y documentos reseñados en este Boletín, los cuales son de exclusiva responsabilidad de los respectivos entrevistados, autores o colaboradores.

    

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