Encabezado Boletin
ISSN 2525-040X   

Número 24, Abril de 2018

"Producción Pública de Medicamentos en la Argentina: Propósitos, posibilidades y desafíos"

Cerebro clínico: "2084" Mundo Big Data, una distopía clínica: Los algoritmos se convirtieron en la nueva clínica y los médicos en una mera tecnología para aplicarlos. Por: Daniel Flichtentrei. Fuente: IntraMed 27/12/2017

http://www.intramed.net/contenidover.asp?contenidoID=91883&uid=910151&fuente=inews 

Descriptores: <Medicina> <Médicos> <Recopilación de datos> <Análisis de datos> <Bancos de datos> <Grandes datos&> <Tecnología avanzada> <Atención médica>

“La imbecilidad es una roca inexpugnable: todo el que choca contra ella se despedaza”. Gustave Flaubert.

Narración que tiene el propósito de mostrar cómo y en qué medida los algoritmos se han convertido en la nieva clínica, con efectos deshumanizantes.

El relato focaliza en el traslado del protagonista (el Dr. Turing) desde el hospital en el que trabaja (Centro Médico Metrópolis) para una nueva internación en el Centro de Rehabilitación para Profesionales un instituto de rehabilitación. En ese traslado, operado por robots, aparecen un cúmulo de instrumentos de medición y control (como la “caja de empatía").

Antes de salir aparece un edificio extendido en superficie de dos pisos de altura, es la “Unidad de Resistencia Antibiótica”. Allí se confina a las personas que padecen cualquier clase de infección: desde una simple angina estreptocóccica a una sepsis fulminante. Hace más de una década que no existen antibióticos capaces de controlar estas enfermedades. Los pacientes reciben asistencia de soporte y se confían a su propia inmunidad para resolver el cuadro. Los que no lo logran, mueren. Sus cadáveres son incinerados de inmediato en una cámara de aislamiento hasta la que son transportados mediante cintas automáticas sin ningún contacto con el personal sanitario. El procedimiento es seguro, limpio, perfecto.

Tanto en la práctica clínica como en la formación médica lo sustancial residía en la posesión o en la adquisición de habilidades para usar los modelos que se aplicaban en cada caso. Toda otra opción había sido eliminada por carecer de evidencias mensurables en la conducta y se la consideraba un ejercicio trivial y arcaico de una verborragia insustancial.

El Dr. Turing se había convertido en extranjero para la tribu. Exhibió –en diversas ocasiones- conductas de rebeldía frente a los ejercicios de condicionamiento operantes, transgrediendo los protocolos imperantes. Sus reiteradas faltas, sumadas a las numerosas advertencias que recibía casi a diario había colmado la medida.

Durante la época dorada de su formación, los médicos interactuaban con las primeras máquinas de inteligencia artificial. La relación era extraordinaria, las capacidades de cómputo tan superiores a las humanas fortalecían las inferencias diagnósticas con conclusiones más robustas. Cada actividad cognitiva del trabajo profesional que podía beneficiarse del procesamiento masivo de datos se veía enriquecida por los dispositivos. Él contribuyó al diseño de interfaces entre la tecnología, los pacientes y los médicos. El proceso de atención no paraba de mejorar. En la investigación se planteaban hipótesis y se apelaba al Big Data para ponerlas a prueba. Las ideas brotaban creativamente de los equipos desde todas partes del mundo y se contrastaban con bases de datos internacionales. La confirmación o refutación de una conjetura era cada vez más rápida y certera. Las correlaciones advertían a los investigadores acerca de la posibilidad de que algo nuevo y desconocido estuviera ocurriendo y ellos elaboraban nuevas teor
ías para explicarlo, lo que reiniciaba el ciclo. Las ideas podían trasladarse a los pacientes con una rapidez nunca vista antes. Turing vivió esos años con una euforia lúcida.

La expansión fue vertiginosa. No hubo tiempo para adaptarse a los cambios y la fascinación ciega comenzó a sustituir a la reflexión y al uso crítico de las herramientas. Surgieron fundamentalistas que propusieron la generación de algoritmos para tareas que, o no los necesitaban, o no podían reducirse a una secuencia de acciones programadas en lenguaje binario. Turing anticipó el peligro que ello implicaba y escribió algunos relatos que circularon de mano en manos entre sus colegas. Contaba historias que desnudaban lo absurdo del entusiasmo a través de un personaje de ficción que bautizó como B.E. (Boludo Enfático). La caracterización tuvo mucho éxito mientras sus colegas se sintieron ajenos a él, los divertía. Pero las narraciones avanzaron hacia las escenas cotidianas y, a medida que se sintieron reflejados en lo que B.E. hacía, las simpatías terminaron de inmediato. El personaje se hizo célebre y él conquistó el rechazo generalizado de sus pares.

Turing diseñó una prueba, un test para advertir a la comunidad profesional de las diferencias entre una persona y un simple procesador y almacenador de datos y del enorme peligro de olvidarlas. Propuso que un observador evaluara las respuestas a una serie de preguntas de dos entes a quienes él no podría ver. El objetivo era identificar cuál era la máquina y cuál humano. Los primeros resultados dejaron en claro las diferencias de modo categórico. Sin embargo eso no atenuó el entusiasmo y la fascinación se volvió un arma ciega y poderosa. Los algoritmos se convirtieron en la nueva clínica y los médicos en una mera tecnología para aplicarlos. Los procedimientos superaron a los fines o, ellos mismos, se convirtieron en los fines del acto médico. La confianza de las personas en las mentes no humanas era puramente intuitiva, sobredimensionada. Una fantasía naive y peligrosa. Una reducción de lo humano a la medida del artefacto. Turing sintió que algo moría en medio de una atmósfera de entusiasmo maníaco. Registró el desasosiego de una época que él no podría detener y que sus colegas no lograban percibir. En poco tiempo vio cumplirse, uno a uno, sus pronósticos más sombríos.

El examen al que pronto deberán someterse sus alumnos se había transformado en la versión negativa del test que Turing había diseñado unos años antes. Un profesor (facilitador) formulaba preguntas mediante un micrófono hacia el cuarto contiguo donde se encontraba el alumno examinado y una terminal de HAL, la supercomputadora clínica. La evaluación consistía en alcanzar el punto en el que las respuestas del procesador y las del alumno le resultaran indistinguibles al examinador. Solo cuando se daba esa situación se aprobaba el examen. En su test original los procedimientos cognitivos se transferían, en una versión reducida y simplificada, desde las personas a las computadoras. Ahora la transferencia se realizaba en el sentido inverso. El objetivo a alcanzar mediante la educación era dotar al alumno de los modos de procesar la información de una máquina. Eso, que la comunidad profesional y académica consideraba una medida del éxito; Turing lo evaluaba como la dimensión de la catástrofe.

La Unidad de Traslado se detuvo en la casilla de guardia del Instituto de Rehabilitación Profesional. Turing se sorprendió, sumido en sus recuerdos había perdido la noción del viaje. Mientras el supervisor e Isaac A. hacían el chequeo digital de identidad miró el edificio que ya conocía. Anticipó lo que le esperaba: interminables sesiones diarias de entrenamiento en el procedimiento Hook, reiteradas pruebas con el test de semejanza cognitiva contra la terminal HAL, ejercicios de obediencia a la significación estadística. Lo que más temía era el bombardeo de estímulos con frases cortas y sin contexto que le aparecerían en todo momento y lugar con el decálogo del Instituto y otras insensateces por el estilo que podía recordar de sus internaciones anteriores. El método se parecía más al del entrenamiento canino que a la educación tal como él la entendía. Los axiomas eran los siguientes: (1) La realidad es un conjunto de datos, (2) Los datos son hechos, (3) Los datos hablan por sí mismos, (4) La teoría es innecesaria cuando abundan los datos, (5) Las hipótesis no se corroboran con los datos, nacen de ellos, (6) El conocimiento surge de la correlación y la inducción, (7) Saber es saber reconocer patrones, (8) Las métricas clínicas salvarán a los médicos de sí mismos, (9) La creatividad es una forma de cálculo, y (10) Los que dudan o son escépticos no son más que "mecanismos fallidos".

Isaac A. abrió la puerta y lo invitó a bajar. Lo deslumbró el sol del mediodía. Volvió a ver en un destello de su memoria la imagen en la ventana del último piso al salir del hospital. Una silueta agitando su brazo en alto. Ahora reconoció a la joven pelirroja mostrándole el libro que Turing le había regalado. La imaginó leyendo durante la noche entera. Sintió que su exclusión y su aislamiento valían la pena. Se sintió menos solo en su naufragio. Pensó que no sabía su nombre. Decidió llamarla “Viernes”.

Nota del autor: *Este texto es un homenaje (y un robo) a la gente que admiro: George Orwell, Alan Turing, Isaac Asimov, Philip K. Dick, Fritz Lang, John Berger, Arthur C. Clarke, Stanly Kubrick, Petr Skrabanek, Daniel Defoe

Reseñó e Indizado por JLT

Volver al Boletín Nº 24

 Imprimir  Email

Offers and bonuses by SkyBet at BettingY com

Nota del Editor: El editor no se responsabiliza por los conceptos u opiniones vertidos en las entrevistas, artículos y documentos reseñados en este Boletín, los cuales son de exclusiva responsabilidad de los respectivos entrevistados, autores o colaboradores.

    

Staff Boletín DPT 

          

Director:
Sr. Guillermo Gómez Galizia.
Coordinador Editorial:
Lic. José Luis Tesoro
Asesor:
Dr. Carmelo Polino

ISSN 2525-040X

         Logo DPT PNG2

Nuestras Carreras

logo-png-chicoConozca todo sobre las diplomaturas y postgrados de DPT.

Redes Sociales

Icono Facebook Grande       Icono Twitter Grande 

Seguinos en las distintas Redes Sociales

Quiénes Somos

logo-ico-chicoLa Fundación, sus fundamentos y valores.